En la breve historia del 3D digital, han sido más frecuentes los fiascos por la vía del filtro posterior para hinchar recaudaciones que los títulos que utilizaban la tecnología con conocimiento de causa o, simplemente, por alguna razón. Incluso en los mejores de los casos, aquellos que superaban la idea del lanzamiento de objetos fuera de la pantalla, las tres dimensiones tenían la función de enfatizar la perspectiva o la profundidad de campo, usos loables pero que, en cualquier caso, no permitían intuir prometedoras posibilidades de esa tridimensionalidad.
Con “Pina” (ver tráiler), Wim Wenders explora esas posibilidades no intuidas y lo hace a través de la exploración del espacio y el volumen. Por primera vez, el ballet no es un espectáculo que la cámara mira desde angulaciones concretas y posiciones más o menos estáticas, sino un arte en el que se adentra para estudiar su expresividad desde su centro mismo: las dinámicas interiores de una coreografía, los rostros de los bailarines en pleno ejercicio dramático, la multiplicidad de los puntos de interés que se desarrollan sobre las tablas —la extraordinaria danza en un escenario lleno de sillas— y la interacción de los intérpretes con elementos tales como la tierra o el agua. El 3D de Wenders ofrece, en fin, un inédito modelo de representación para la danza, arte a su vez redefinido lejos de los estrictos márgenes de los teatros. En lo que bien podría ser un ensayo sobre las dimensiones del arte, el director alemán trasciende toda consciencia de la disciplina —del cine, de la danza— y lleva a los bailarines de la Tazntheater Wuppertal a desarrollar sus coreografías en exteriores que van desde un entorno urbano al borde de un abismo montañoso, allí donde el espectador podrá mejor plantearse las líquidas fronteras entre arte, espectáculo y tecnología como mediadores de sus emociones.
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@Jordi Revert








