Con un guion desequilibrado, sin un gramo de locura de más y con apenas algunos destellos del mejor cine de Tim Burton, “Sombras tenebrosas (Dark shadows)” es otra oportunidad perdida del director para recuperar su mejor versión.
A estas alturas, la figura de Tim Burton parece haber superado toda prueba para constituirse en un lugar definitivo entre la cultura pop. El director ha generado, a lo largo de su carrera, una imagen de talento que tenía más que ver con sus afinidades estéticas que con la originalidad de sus planteamientos, ganándose a un sector del público que le exigirá más de lo mismo, no importa tanto si mejor. Y en el otro bando, ha generado una cierta animadversión automática y desmedida —con el riesgo de resultar tan acrítica como en el primer caso— que crece a medida que el realizador prolonga su filmografía con producciones cada vez más acomodaticias, sin espacio para el riesgo de sus primeros tiempos.
“Sombras tenebrosas (Dark shadows)” confirma que los mejores días de Burton quedaron atrás. Adaptación de la serie creada en los 60 por Dan Curtis, podemos aplaudir la devoción que profesa a su referente, siendo a priori esa relación más cariñosa y personal de lo demostrado, por ejemplo, por la insustancial “Alicia en el País de las Maravillas” (2009) para con su fuente. Que el gris encorsetado de aquella diera paso al colorismo apagado de ésta, ciertamente más atrevido y menos llamado a conquistar al gran público, también hubiera sido motivo de celebración. Y sin embargo, el director se empeña de nuevo en dilapidar todo asomo de personalidad bajo una narración otra vez indolente, en la que toda pasión queda disipada o, con suerte, llega a existir como destello —el violento despertar de Barnabas Collins (Johnny Depp) tras casi dos siglos bajo tierra; la escena en la que comparte fogata y reflexiones con un grupo de hippies— en un páramo de cine en piloto automático. O lo que es lo mismo, la excepción en un reciclaje de las constantes de un éxito demasiadas veces reciclado, aun si la premisa es más simpática y cómplice que en ocasiones pasadas. Aquí, además, ese acto de reutilización sin muchas miras se agrava en un guion desequilibrado, en el que apenas Barnabas —Depp consigue darle suficiente entidad— y la fogosa Angelique Bouchard de Eva Green tienen alguna profundidad entre un grupo de personajes condenados al olvido inmediato, especialmente a la deriva en un tramo final del relato marcado por la torpeza y el atropello.
En una película sin un gramo de locura de más, en la que la socarronería se hace tan visible como caduca —simbolizar en un McDonald’s la entrada al Averno—, la culminación vampírica y final feliz de un amor condenado al fracaso establece la base de un modelo para amar a Burton de la misma forma despreocupada con la que el protagonista olvida toda ética del chupasangre: una vez sucumbido a esa idea de amor inmortal por una imagen de autoría, la incondicional sumisión bastará para obviar la monotonía y la ausencia del arrebato creador. Aunque ya ni el espejismo tenga gracia.












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